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Sostener dos vidas cansa más que cualquier agenda

Afuera eres una cosa, adentro otra. Mantener las dos versiones gasta una energía que nadie ve, ni siquiera tú.

El personaje · Camilo Castellanos · 5 min de lectura

Hay una versión tuya que aparece en el trabajo, en la familia, en las reuniones. Segura, disponible, correcta. Y hay otra que aparece en el auto, de noche, cuando nadie mira. El cansancio que no se va durmiendo es el costo de sostener a las dos.

Cómo se arma una doble vida

Nadie decide un día vivir dos vidas. Se arma de a poco. Primero callas algo para no generar conflicto. Después te acostumbras a mostrar solo la parte que funciona. Un día te das cuenta de que la gente quiere a una persona que tú interpretas muy bien.

A veces la doble vida es literal: una relación, un deseo o una decisión que nadie conoce. A veces es más silenciosa: pensar una cosa y decir otra todo el día. En los dos casos el mecanismo es el mismo: una máscara que te salvó y que hoy sostienes a costa tuya.

No estás mintiendo. Estás sosteniendo a alguien que necesitaste ser.

Lo que cuesta

  • Una alerta permanente: cuidar qué se ve y qué no.
  • Vínculos que se quedan en la superficie, porque nadie conoce a la persona entera.
  • Un cuerpo que avisa con insomnio, tensión o irritabilidad.
  • La sensación de que tu vida le pasa a otro.

El primer paso no es confesar nada

Es ver. Nombrar la máscara, reconocer cuándo se activa y para qué sirvió. Esa es la primera fase de cualquier reconstrucción seria: detener la máscara. No para arrancarla de golpe, sino para dejar de confundirla contigo.

Una pregunta para llevarte: ¿en qué momento del día dejas de actuar?

¿Te reconociste en esto?

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